Sobre Mi

Un poco de historia…

Marcelo Garcia
Marcelo Garcia

Hola a todos, mi nombre es Marcelo García,  nacido hace ya muchos años en la Ciudad de Córdoba, Argentina, y soy un ferviente creyente en Jesucristo El Señor, y Su Obra de Redención por medio de La Cruz.

Desde muy pequeño sentí una fuerte necesidad de saber todo acerca de Dios, y acercarme a Él y conocerle. Creo que todo comenzó cuando tenía cuatro o cinco años de edad, en un Jueves Santo, día que por primera vez pude ver una representación teatral de la pasión de nuestro Señor Jesucristo en la parroquia que estaba a la vuelta de mi casa, la cual fue seguida por el “Vía Crucis” por las calles de mi barrio .

Esa experiencia fue “maravillosa” para mí, y despertó un gran anhelo y deseo de saber más y más sobre Jesús, y su obra aquí en la Tierra. Recuerdo que por aquellos años, los canales de TV emitían en esos días, películas clásicas del cine bíblico, tales como “Jesús de Nazareth”, “Rey de Reyes”, “Hechos de los Apóstoles”, “Los Diez Mandamientos”, “El Manto Sagrado”, “Ben-Hur”, entre otras, y para mí era “sagrado el momento de ver tales films”, sentía que me transportaba dos mil años atrás, y era co-protagonista de las historias. Recuerdo que finalizada la película, corría a buscar La Biblia,  para saber cómo seguía la historia, y conocer más detalles.

Tiempo después, como la mayoría de los niños de aquella época, comencé a asistir a la Iglesia Católica a las clases de “catequesis”, para recibir la “Comunión”, y un año más tarde, la “Confirmación”. Cumplidos tales rituales “sacramentales”, yo no me sentía plenamente en comunión con Dios, si bien amaba y respetaba mucho a “mi Iglesia”, la doctrina de esta colisionaba de frente con las Sagradas Escrituras.

A medida que fui creciendo, empecé a cuestionarme más y más los dogmas de la Iglesia Católica, recuerdo que siempre me preguntaba ¿Por qué no se predicaba El Evangelio en la misa?; ¿Por qué los fieles no llevaban Biblia a la Iglesia, y por qué muchos ni siquiera tenían una en sus casas?.

Tampoco comprendía por que la Biblia me hablaba de un Cristo resucitado, Vencedor y Glorioso, y en mi Iglesia me lo mostraban “muerto y aún colgado del madero”.

Jesús dijo; “Yo Soy el Camino, La Verdad y La Vida, nadie llega al Padre si no es por mí” (Juan 14:6), y sin embargo, en la Iglesia Romana me enseñaban a adorar imágenes de yeso, las cuales tendrían el poder de intercesión ante el Creador. Creo que olvidaron, o nunca leyeron Las Escrituras, donde Dios decreta a los hombres en Éxodo 20: 3-5 “3 No habrá para ti otros dioses delante de mí. 4 No habrá para ti otros dioses delante de mí. 5 No habrá para ti otros dioses delante de mí”.

Ante tal situación de idolatría y clara rebelión contra la Palabra de Dios y Su Doctrina, decidí que debía apartarme de esa religión perversa e impía, y buscar otros caminos que me acercasen al Cristo Vivo predicado por los Apóstoles.

No fue fácil tal decisión, ya que por aquellos días la Iglesia Católica Romana era un poder supra estatal en la Argentina, y con gran control de los escasos medios audiovisuales existentes en esos tiempos, y ni hablar de Internet, que solo estaba en fase de incubación en claustros universitarios de USA, así que no resultaba nada fácil oír otras voces predicando el verdadero Evangelio de Cristo.

Un día, siendo yo un pre adolescente, se llegaron a casa unos jóvenes Testigos de Jehová hablando de Dios, y de que pronto se acercaba el fin del mundo, y que debíamos estar preparados para ese momento. Recuerdo que me hablaron durante más de una hora, así que mucho no recuerdo todo lo que me dijeron, pero me dejaron unos folletos para que leyese, y prometieron regresar en unos días.

A la semana siguiente regresaron, y me obsequiaron un libro, (muy bonito, por cierto y lleno de bellas ilustraciones), y me invitaron a una de sus reuniones. Prometí asistir, y los despedí prontamente, ya que estaba ansioso por leer el libro completamente.

Grande fue mi sorpresa cuando pude constatar que negaban la Divinidad de Jesús, y lo equiparaban a un “maestro más” de la Ley. Al igual que me había decepcionado de la Iglesia Romana, también ocurrió lo mismo con esta secta o religión (no se bien como denominarla).

Pasó el tiempo, y me congregué en una Iglesia Evangélica Pentecostal que esa pastoreada por un tío de mi madre y su esposa. Al principio me sentí totalmente a gusto allí (quizás por la familiaridad de los pastores), aunque su doctrina era muy rígida y restrictiva, al punto que casi todo era “pecado” y “del mundo”.

A diario se iban sumando prohibiciones a la extensa lista de “cosas del mundo”, al punto de tener que vivir casi recluidos en la Iglesia, sin contacto con el mundo exterior, y con un gran sentimiento de culpabilidad pecaminosa, y conviviendo con la imagen de un Dios castigador que nos puso en un mundo del cual nada podíamos disfrutar. Todo un contrasentido sin lógica alguna.

Es por ello que me aparte de esa congregación, y por unos años no volví a congregarme en ninguna otra Iglesia. Para entonces era un joven ocupado en mis estudios secundarios, mi trabajo, y “mi novia” (lo más importante para mí en ese entonces).

Cada tanto leía la Biblia, y en épocas de Semana Santa volvía a ver mis queridas películas Bíblicas que tanto me apasionaban en mi niñez.

Los años pasaron; la juventud, la escuela y muchos sueños quedaron atrás. Ahora los negocios dominaban la escena, y ocupaban mi tiempo, aunque en el fondo de mi alma, sabía que estaba en cierta forma en deuda con Dios, y que no podía esconder mi rostro de Su presencia.

Un día la adversidad se presentó en mi vida, y mi mundo se derrumbó cual castillo de naipes. Mi economía se desmoronó y mi salud se deterioró gravemente, al punto de terminar internado cuarenta días en un hospital público.

Fue allí donde sentí que había tocado fondo, y clamé a Dios para que me libre. Al día siguiente, vino a visitarme un amigo muy querido y su señora esposa, a los cuales no veía desde hacía bastante tiempo. Ellos me contaros que se habían convertido en cristianos, y que había recibido al Señor Jesucristo como su Salvador, y tras predicarme sobre la Obra de Redención de Cristo en La Cruz, me invitaron a aceptarle en mi corazón.

Sin dudarlo, dije que sí, y acepté también su invitación a la Iglesia donde ellos asistían. Era la Iglesia “Cita Con La Vida” dirigida por el Pastor Carlos Belart, donde “fui a ver de que se trataba aquello”, y para mi grata sorpresa, me encontré con una Iglesia de sana doctrina, donde se predica y se estudia minuciosamente la Biblia, pero fundamentalmente, se cree en un Cristo Vivo, presente, misericordioso y lleno de amor.

En ese Cristo que murió por mí en La Cruz del Calvario ocupando mi lugar, creo fervientemente, su Nombre alabo y exalto hasta lo Sumo, y confieso con mis labios y todo mi ser, que Jesucristo es mi Rey y El Señor de Señores, ante el cual, toda rodilla se dobla.

Marcelo García

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